Categoría

coaching

¿Qué ves cuando miras al futuro?,… ¿a tu futuro?

Estudiante de segundo curso de Bachillerato, éste es un mensaje para ti que seguramente va a cambiar tu destino.

Acabas de comenzar un nuevo curso, el definitivo, el último, aquel que, profesores, padres y amigos de más edad, te dicen que va a marcar el resto de tu vida. Por eso, notas la presión que sube por tu cuerpo y que te agita cuando piensas en ello. Estás inquieto porque el tiempo pasa deprisa y no sabes qué decisión tomar respecto a los años que vienen por delante. Si tenías dudas, ahora tienes más. Si creías tenerlo claro, ahora ya no lo tienes. El tiempo empieza a correr deprisa y… ¡tienes que elegir qué vas a estudiar!

Ese es el primer error. Fijar la mirada en el corto plazo, en la elección de una carrera universitaria o grado medio. Tu destino es ser un superhéroe no un simple estudiante. No te conformes. Todo el mundo tiene que conocer los superpoderes que tienes dentro de ti, incluso tú.

Viajemos en el tiempo. Recuerdas cuando eras niño que todo el mundo te preguntaba qué quieres ser de mayor. Pues ha llegado el momento de responderla.

Nadie te estaba preguntando qué querías estudiar, querían saber cuál era el trabajo de tus sueños. Querían conocer que ibas a hacer para ser feliz el resto de tu vida. ¿Cómo te imaginabas de mayor? Policía, bombero, futbolista, médico, ingeniero, electricista… Daba igual, en ese momento sentías especial. Sabías que serías el mejor en lo que hicieras. Y eso te hacía sentir muy feliz. Y estabas en lo cierto, porque trabajar en algo que no te gusta, es una auténtica condena.

Sin embargo, ahora que ha llegado el momento de decidir, todo el mundo te pregunta qué es lo que vas a estudiar.

Elegir unos estudios en lugar de una profesión es un error garrafal, que cometen muchos jóvenes.

Fíjate bien. Hasta que cumplas 70 años, que probablemente será tu edad de jubilación, dedicarás a estudiar cuatro años de carrera universitaria (si optas por ello) y un año de Máster. En total, 5 años. Suponiendo que acabes los estudios a los 23 años, te quedarán más de 45 años para dedicarte a trabajar… ¡¡¡9 veces más de lo que habrás dedicado a estudiar tu profesión!!!.

Toma conciencia de que estás decidiendo qué vas a hacer durante los próximos 50 años. Si te equivocas, tu vida empezará a tomar rumbos inciertos. ¿Es importante o no el momento que estás viviendo? La presión ya oprime el pecho, ¿verdad?

No pasa nada. Eso significa que la responsabilidad está llamando a tu cerebro para recordarte lo importante que es descubrir a qué quieres dedicarte. Elige bien, es tu futuro, el lugar en el que quieres y debes ser feliz. Y si te equivocas, rectifica rápido y sigue adelante, siempre adelante. Todos nos equivocamos.

La decisión

¿Quieres que te ayude a reflexionar acerca de ello? He aplicado este método con otros jóvenes y te aseguro que funciona.

Te propongo que hagas lo siguiente:

  1. Busca un lugar tranquilo, siéntate, coge papel y un bolígrafo… o un ordenador.
  2. Cierra los ojos y, durante unos minutos, visualízate dentro de 10 años. ¿Dónde estás?, ¿qué estás haciendo?, ¿a qué te dedicas?, ¿con quién te relacionas?…
  3. Escribe, tal y como te vayan viniendo a la mente, todos los trabajos y actividades que te gustaría realizar a lo largo de tu vida.
  4. A continuación, piensa lo siguiente:
    • ¿te ves trabajando en ellos temporalmente o durante mucho tiempo?
    • ¿estás dispuesto a asumir las desventajas que implica tu elección (es decir, trasladar tu residencia, viajar constantemente o todo aquello que pueda suponer el desempeño de tus funciones)?
    • ¿conoces a alguien que desarrolla alguna de esa actividades?¿Te ves haciendo lo mismo?¿Te gustaría?
  5. Tacha lo que descartes y prioriza los trabajos o actividades que te queden de mayor a menor preferencia.
  6. Imagina un día trabajando, una semana, un mes, veinte años en cada uno de esos trabajos:
    • ¿Cómo te has sentido?
    • ¿Cómo vas evolucionando con el paso del tiempo? ¿Te aburre? ¿Creces como profesional y como persona?
    • En paralelo, ¿cómo te imaginas tu vida personal?
    • ¿Cómo contribuye tu trabajo a tu vida personal?¿La afecta o la beneficia?
  7. Cuando tengas una lista más reducida de trabajos, plantéate si quieres hacer varios o uno en concreto, y qué necesitas hacer para llegar a desempeñar esos trabajos o actividades: ¿estudiar una carrera?, ¿realizar unos cursos?, ¿obtener experiencia?…
  8. Posteriormente, busca información acerca del camino que debes recorrer para llegar a cumplir tu sueño. Si dudas entre dos o tres profesiones, busca el centro en el se imparten esos estudios, así como el programa de asignaturas y temarios que tendrás que estudiar para comprobar si conectas con los contenidos de las mismas.
  9. ¿Has vibrado al leer esos contenidos? Si vibras o te brillan los ojos, vas por buen camino. En caso contrario, sigue buscando. Cuando lo hayas encontrado, lo sabrás.

Nadie dice que vaya a ser fácil capacitarse para desarrollar una profesión, pero tampoco debe ser tortuoso. Si el camino resulta odioso, el destino será horrible. Si el camino te parece como una aventura, el destino será atractivo… y las dificultades que surjan en el día a día, que siempre las habrá, parecerán fáciles de superar.

El objetivo final es ser feliz haciendo lo que realmente te apasiona. Si no lo has descubierto todavía, tomate tu tiempo para hacerlo. Enfócate en encontrar la respuesta, porque cuando sepas en qué quieres trabajar, te motivará descubrir y atravesar el camino que te lleve a cumplir tus sueños.

La presión ha desaparecido. Te sientes mejor, ¿verdad?

Estás a punto de poner los cimientos para construir un futuro, el tuyo. El viaje empezó hace tiempo, pero en este momento tienes que elegir la dirección que deseas tomar porque el camino se bifurca. ¿Hacia dónde te gustaría que te llevara tu camino? ¿Dónde está el destino del superhéroe que llevas dentro?

Elije una vida que te haga feliz.

Son las 6 de la mañana. El despertador suena puntual, como siempre. Tengo que levantarme, ducharme y desayunar antes de tomarle el pulso a la meteorología del día. Un paseo con mi perro por el parque me ayuda a poner en orden las tareas que tengo por delante y a prepararme mentalmente para afrontar una dura jornada de trabajo…, una más.

Al subir, preparo mis cosas, cojo las llaves del coche y voy para mi oficina. De camino dejo a mis hijos en el colegio y les animo a trabajar duro para alcanzar sus sueños.

Ya son las 8 de la mañana. Después de tomar un café para despejar mi cabeza, consulto en mi agenda la primera tarea de mi jornada. Representa el pistoletazo de salida de una carrera sin sentido en lo que se supone que será un frenético día…, uno más.

Llamadas telefónicas, informes, reuniones, cuentas de explotación, números y más números, son parte del “tengo que hacer” que presiona mi mente desde que suena el despertador, y algunas veces, incluso antes de que anuncie la hora de ponerse en pie.

El día avanza, y con el día, mi vida.

De repente, una pregunta me asalta… “pero, ¿realmente esto es lo que quiero hacer?”. La respuesta es inmediata, “¡no!, pero es lo que tengo que hacer”. Mis jefes, mis compañeros e incluso mi familia es lo que esperan que yo haga… o por lo menos eso es lo que yo creo que es lo que se espera de mí.

La pregunta vuelve una y otra vez. No se qué es lo que está ocurriendo hoy, pero ha acabado por instalarse en mi cerebro y no deja de torpedearme. Así no puedo seguir. No logro concentrarme y estoy empezando a agobiarme. Dejo a medias un mail que estaba escribiendo y, sin ni siquiera apagar mi ordenador, me levanto y salgo a toda velocidad en dirección a la puerta que conduce a la calle. Necesito aire, necesito un respiro para evitar que la maldita pregunta acabe por ahogarme.

Ya en el exterior, respiro profundamente e inicio un diálogo conmigo mismo… (está claro, me estoy volviendo loco). “Qué tonterías estás pensando, a qué viene ahora esta estupidez, con todo lo que tengo que hacer y aquí estoy, en la calle, sin hacer nada…”. Doy una vuelta a la manzana, primero con paso firme; pasados unos minutos, con el paso más sosegado. Siento una sombra dentro de mi cabeza que ofusca mi realidad. Aunque quizás, la sombra sea yo, que no reconozco lo que me está ocurriendo,… desde hace mucho tiempo.

Probablemente, mi mundo inteligible, donde impera la razón, hace tiempo que devoró a un mundo sensible en el que anidaban mis sueños, convirtiéndome en prisionero de mis obligaciones y de mis falsas creencias. Pero la sociedad en la que habito (o mal habito) es lo que espera de mi, una persona capaz y responsable que cumple con sus deberes, sacrificándose y renunciando a sus sueños por los demás.

De pronto, un recuerdo hace que me vea a mi mismo, hace veinte años, diciendo todo aquello que iba a hacer en mi vida, imaginándome disfrutando de una existencia plena, divertida y gratificante. ¿Dónde quedaron esas ilusiones? Pienso en mis hijos, a los que cada día dejo en la puerta del colegio y les instruyo en el camino de la verdad por la vía del sacrificio… ¡qué imbécil! La vida se vive, no se tira a la basura.

A veces pienso que hago todo esto para que mis hijos, mi familia se sientan orgullosos de mí. Nada más lejos de la realidad. Poco a poco, mientras rodeo la manzana de mi oficina, voy dándome cuenta que la gente que te quiere se siente orgullosa de ti cuando haces aquello que te hace feliz, aquello que te libera de tus cadenas.

Entonces, ¿quién nos encadena?, ¿quién nos obliga a vivir atado a unas obligaciones que pulverizan nuestra vida en mil pedazos?, ¿quién produce las sombras que nos controlan? Formamos parte de la sociedad del estrés, una caverna en la que habitamos programados para levantarnos, trabajar y consumir. Una falsa apariencia de libertad valida un entorno hostil que fagocita a quienes se oponen al pensamiento grupal y  a quienes aspiran a vivir libres. Las consecuencias son terribles: infelicidad, angustia, ansiedad o depresión, implacables virus que infectan cada vez a más rehenes de su presente.

Son las 12 del mediodía. Llevo más de una hora en la calle. El ruido interior va mitigándose. El anhelo de alcanzar aquellas fantasías de juventud y la esperanza de que todavía estoy a tiempo de lograrlo van tomando fuerza en mi cabeza. Simultáneamente, una sensación de paz me invade. Paseo relajado, una sonrisa ilumina mi cara y, aunque no puedo ver mi rostro, imagino que mis ojos están recuperando el brillo de antaño. He dejado de ver todo lo que ocurre a mi alrededor para visualizar lo que podría estar ocurriendo si yo quisiera que ocurriera. Nada ha sido más real en los últimos años como este momento imaginario. Las sombras van transformándose en luz e ilusión. Tengo la sensación de haber salido de las profundidades de la tierra.

Regreso a la oficina. Al llegar a la puerta, me detengo unos segundos. Miro la puerta e imagino mi soporífero espacio de trabajo, y a todos mis compañeros trabajando en una penumbra que anula sus verdaderas ilusiones. Me gustaría entrar y animar a todos a romper sus cadenas y salir de su caverna, pero probablemente pensarían que he perdido la razón y que me he vuelto loco.

Doy media vuelta y me voy. Estoy dispuesto a renunciar a todo aquello que me aleja de mis sueños. El “tengo que hacer” ha sido sustituido por un motivador “quiero hacer”. Un deseo irrefrenable de cambiar mi oscura vida resuena en mi interior. Quiero hacerlo, voy a hacerlo. Mi intención ya no encuentra freno… Soy libre, ¡¡¡soy libre!!!

Empieza un nuevo curso.

Para los más pequeños de la casa significa enfrentarse a su primer drama vital. Para los más mayores la oportunidad de volver a reencontrarse con los colegas y rememorar las aventuras estivales mientras, con cierto cosquilleo en el estómago, hacen sus cábalas para acertar el cuadro de profesores que harán su vida más complicada durante los próximos meses.

Lloros, ilusiones, historias, intriga y muchas expectativas inundan de nuevo los patios de colegios e institutos durante estos primeros días de septiembre, mes que marca el inicio de la aventura educativa para alumnos, profesores y familias.

La educación es un derecho fundamental que se recoge en el artículo 27 de la Constitución Española, en el que expresiones como derecho a la educación, libertad de enseñanza, pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales, enseñanza básica obligatoria y gratuita, refuerzan el valor que tiene educar para vertebrar una sociedad a través de cada uno de sus individuos. La educación es uno de los pilares básicos de una sociedad.

La educación es el mejor legado que puede obtener una persona. El bienestar individual y colectivo están estrechamente relacionados con la acción educativa, ya que favorece la comprensión de su propia realidad, edifica su personalidad, contribuye a desarrollar sus capacidades, y en consecuencia, conforma su propia identidad.

Etimológicamente la palabra educación proviene del latín educare, que significa dirigir o encaminar. Esta palabra está estrechamente relacionada con otras expresiones del latín, ducere, cuyo significado es guiar o conducir, y de docere, que significa, enseñar, y que es el origen de la expresión docencia.

La palabra docente designa a quien ejerce la enseñanza, aunque intrínsecamente, se asocia a otros cometidos que dan altura a la noble función de educar a otras personas, especialmente cuando se trata de niños y jóvenes. El docente guía, enseña el camino, lo crea si es necesario, anticipa el futuro de los alumnos y proyecta el plan que les llevará hasta allí, se obliga a actualizarse permanentemente, se auto motiva con su misión aunque tenga que ejercer en el peor de los entornos y con los medios más rudimentarios, se compromete a colaborar con los padres, principales responsables de la educación, en beneficio de sus hijos, busca en el interior de sus educandos para ayudarles a conducir hacia fuera (ex – ducere) todos sus talentos. Todos esto es lo que, en suma, hará que niños y jóvenes puedan realizarse y alcanzar la tan ansiada felicidad.

Qué valioso es para una comunidad tener buenos docentes. Y aun con todo, desde muchos ámbitos de nuestra sociedad se está infravalorando, e incluso, denostando el noble cometido del maestro. La consecuencia más directa es que, al final, recogeremos lo que durante años venimos sembrando.

La figura desafiante de los indocentes se erige con fuerza en un entorno cada vez más hostil para la educación comprometida y de calidad. La falta de profesionalidad e implicación, la desidia, los intereses económicos y políticos o el papel ultra protector de muchos progenitores respecto a sus hijos, son solo algunos de los numerosos factores que amenazan con convertir la enseñanza en una máquina de crear lo que yo lamo “zombies titulados”, es decir, individuos con valores muertos (o no cultivados) que son resucitados o adiestrados por “hechiceros indocentes” para que sirvan sus intereses, a modo de esclavos, mientras contagian al resto de sus congéneres.

Esta idea, aunque parece apocalíptica, se torna muy real cuando se analizan el comportamiento hedonista y los intereses materialistas de una parte de la sociedad que va ejerciendo una creciente y peligrosa influencia sobre las siguientes generaciones. En algunos programas telebasura, por ejemplo, tenemos un escaparate atroz de estos seres instruidos para vagar por la vida a cambio de vender sus miserias.

¿Quiénes son los indocentes?

Pero quienes son estos seres que han convertido la educación y la enseñanza en un pozo de miserias para muchas personas.

A los indocentes podemos encontrarlos disfrazados de:

  • Algunas de sus características que les distinguen de los auténticos son:
    • La llamada del trabajo y no la de la vocación es la que les hizo dedicar su tiempo a encerrarse en aulas con seres incómodos. La falta de motivación y compromiso es descarada en estos casos. La propiedad de una plaza en la función pública en algunos trabajadores del sector agrava esta realidad, pues se sienten en posesión de la verdad, la autoridad… y la plaza.
    • Demuestran escasa psicología con sus discípulos, estandarizando el trato distante con sus alumnos, sin distinguir cuáles pueden ser sus necesidades, problemas o métodos más adecuados para despertar su motivación y curiosidad por las materias. Además, no saben gestionar emociones ni expectativas, tanto de alumnos como de padres, con quienes nunca llegan a empatizar.
    • Ignoran las reglas sociológicas al no saber hacer crecer a la clase como grupo, identificando y potenciando todo el talento colectivo que atesoran. En ocasiones, el enfrentamiento y pugnas internas entre diversos miembros del claustro de profesores enrarece el ambiente e intensifica el clima de descoordinación, perjudicando a los destinatarios de su trabajo.
    • Son llaneros solitarios, que no hacen equipo con padres ni con otros profesores. Desde su atalaya observan al resto de la comunidad educativa con superioridad, desprecio y arrogancia.
    • Enfatizan lo negativo, diferenciando entre alumnos buenos y malos, marginando a éstos últimos y renunciando a buscar las causas que les lleva a colocarles esa deleznable etiqueta.
    • Son ineficaces e ineficientes. Su incapacidad para transmitir conocimientos (a veces por propio desconocimiento de la materia) provocan que el alumno esté perdido durante todo el curso y tenga la necesidad de complementar las supuestas clases con profesores particulares, ocasionando un gasto adicional a muchas familias, algunas de las cuales tienen serias dificultades económicas.
  • El mundo del libro impreso también tiene su parte de culpa, a pesar de contribuir con su misión a la difusión de la cultura y la enseñanza de todas las materias. Sus pecados son:
    • El negocio antes que la misión. Las necesidades empresariales se anteponen a la misión de editar, publicar y comercializar textos de calidad, impresos y en otros soportes tecnológicos, con el objetivo de socializar la cultura en las diferentes áreas del conocimiento y fomentar la educación crítica, creativa y responsable en la sociedad.
    • Coste elevado de los libros. La clientela cautiva asume un gasto muy elevado cada comienzo de curso, aunque, en este sentido, la culpa está repartida entre agentes institucionales, profesorado y editoriales. No se si de forma coordinada y/o intencionada o son simplemente casualidad algunas situaciones que se producen, como:
      • que cada año se actualicen libros de materias que, en realidad, no evolucionan en muchos años (por ejemplo: Religión, Matemáticas, Inglés…). Esta renovación permanente dificulta que los alumnos puedan heredar libros de texto de sus hermanos mayores e inhabilitan los bancos de intercambio de libros impulsados por las asociaciones de padres de los colegios.
      • que haya que comprar obligatoriamente libros que luego no se utilizan en todo el curso. Imagino que el profesor ya lo sabe de antemano. Entonces, ¿por qué lo pone en la lista? o ¿por qué el colegio exige que se compre?
      • cuando la Administración aplica políticas de gratuidad o subvención de libros, se editan cuadernillos de trabajo del alumno que deben comprarse obligatoriamente y que, casualmente, suponen a los padres un gasto similar al que venían soportando cuando no se aplicaban dichas políticas. Hecha la ley… se cobra de dos lados.
    • Transformación digi… ¿qué? En plena era de la comunicación y la tecnología y con una profunda preocupación por la protección del medio ambiente todos los agentes que participan en la cadena de suministro del sector editorial siguen manteniendo comportamientos de hace cuarenta años, produciendo y distribuyendo cada vez más libros, más papel, más árboles. Existen medios audiovisuales, dispositivos informáticos y técnicas docentes que reducen el impacto de la enseñanza sobre el medio ambiente y potencial el aprendizaje… ¿a quién le interesa seguir haciendo siempre lo mismo?¿ A los de siempre? La transformación digital de la educación es la solución.
  • Sistema educativo: Además de educadores y educandos, el sistema educativo español incluye otros agentes y autoridades que son directamente responsables de promover y garantizar una educación de calidad que alcance a todos. Son los legisladores, centros docentes, equipos directivos e inspectores educativos.  Aunque conocen el valor de su misión institucional y realizan su cometido profesionalmente, se ven sometidos, en muchas ocasiones, a los caprichos e intereses de terceros, lo que propicia que algunas piezas del sistema se adulteren e incluso, lleguen a corromperse. Simplemente algunos ejemplos para ilustrar esta denuncia:
    • Falta de acuerdo Gobierno y oposición para diseñar conjuntamente y aprobar una LEY o PACTO por la educación. Es incomprensible e inadmisible que en tantos años democracia la educación se vea afectada por los intereses políticos de los gobiernos de turno, tanto a nivel nacional como autonómico. Es tal el poder de adoctrinamiento de la enseñanza, que no de la educación, que la mayoría de los gobiernos quieren interferir para incrustar sus doctrinas en forma de materias escolares.
    • Reinos de Taifas. Las 17 autonomías españolas representan 17 sistemas educativos. Cada una, en su medida, exigen adaptar todo a sus intereses, fragmentando todo el potencial del sistema educativo y reduciéndolo a aspectos muy locales, generalmente. El resultado son alumnos expertos en su tierra, que a la postre corren el riesgo de convertirse en nacionalistas entusiastas. Suerte que muchos de ellos salen de sus fronteras regionales para ver el mundo y aprender a través de la convivencia con personas de otros lugares.
    • Infantilización del alumnado. Lejos de promover la madurez, el emprendimiento y la emancipación entre el alumnado, el sistema educativo, con los padres a la cabeza, se ha empeñado en tratar a los alumnos como si fueran niños. Exceso de protección, facilidades para aprobar, programas sin ningún tipo de evaluación de capacidades y aprovechamiento, e incluso, titulaciones que se obtienen con alguna asignatura suspensa dejan de manifiesto que se está bajando el listón de la superación y el esfuerzo personal. El “todo para ya y más fácil” se está imponiendo en la sociedad. Así, ¿quien se va a enfrentar a los retos más difíciles para alcanzar sus sueños? El despertar de la vida real será muy duro para muchos.

Un nuevo enfoque

Me pregunto por qué ocurre esto. La respuesta es clara y vehemente. Porque el alumno no está en el centro de estrategia educativa.

Son tantos los intereses de algunos de los jugadores del sector que el alumno se ha convertido en un mercado, del que hay que obtener el máximo beneficio y rentabilidad. Y esto es muy grave.

La educación es un medio para alcanzar un fin, individual y colectivo. Generalmente se asocia a la capacidad de encontrar trabajo o dedicarse a realizar la función profesional deseada. Pero también es el vehículo para hacer aflorar generaciones de personas con conocimientos prácticos, competencias reales, capacidad crítica, creativas, habituadas a relacionarse interpersonalmente, trabajando en equipo, sabiendo sacrificarse por uno mismo y por su entorno, estableciendo metas individuales y colectivas, además de mejorar continuamente como personas y seres sociales.

El sistema educativo tiene que ser, obligatoriamente, coherente. Para ello, debe nacer del consenso de todas las partes implicadas y debe adquirir un valor auténtico para todo el conjunto de la sociedad. Si queremos tener los mejores alumnos, necesitamos contar con los mejores profesores, los pedagogos más innovadores, los centros educativos más preparados, la Universidad más avanzada, los gobernantes más generosos y con mayor apertura mental. Además, tenemos que estimular en los alumnos el pensamiento racional y creativo simultáneamente, transmitir el gusto por el conocimiento, enseñar a trabajar en el aula sin papel a través de las nuevas tecnologías, implementar sistemas de evaluación personalizados que tengan el cuenta el perfil de cada alumno y su potencial talento, educar en el respeto y la igualdad, enseñar a tomar decisiones y animar a investigar lo desconocido, sin miedo, con anhelo de curiosidad.

Los efectos positivos se vislumbrarán en las futuras promociones de alumnos y se trasladarán progresivamente a los puestos de trabajo (cuando trabajen), a las familias y grupos de amigos (cuando se relaciones entre sí), a las instituciones (cuando se dediquen a la política), a las relaciones con otros pueblos (cuando se desplacen por el mundo). El sistema, por fin, desarrollará personas, unas con más éxito en el logro de sus objetivos y otras con menos, pero todas con mayor capacidad para ser libres, fijarse retos y ser más felices.

En una sociedad global, tecnológica, interconectada y multicultural no tiene sentido seguir haciendo prácticamente los mismo generación tras generación. Ha llegado el momento de sentarse y que nuestros dirigentes alumbren un Plan Estratégico para nuestro país, en el que identifiquemos cuales deben de ser nuestras fortalezas para tener una ventaja competitiva en el entorno internacional, concretar cuales son nuestros objetivos y a qué vamos a dedicar toda nuestra capacidad productiva como nación. De ahí nacerán las demandas de empleo, perfil de puestos de trabajo que necesitan cubrirse, el mapa productivo español para potenciar toda nuestra geográfica nacional y a todos nuestros habitantes. De ahí surgirán los planes de estudios que deben cursarse en nuestro país para dar respuesta a los objetivos que nos hayamos propuesto, y el número de plazas que deben habilitarse para cada plan de estudios.

Pero claro, si todo esto cambiara, algunos mal llamados políticos y otras esferas institucionales no tendrían armas de manipulación de la sociedad, algunas editoriales no ganarían dinero año tras año reeditando los mismos libros con diferente apariencia, algunos profesores verían peligrar su puesto de trabajo por no saber adaptarse a una educación más vocacional, comprometida y exigente y muchos padres descubrirían que los principales responsables de las educación de sus hijos son ellos mismos, así como de exigir que cada vez haya menos “indocentes” comprometiendo (y jodiendo) el futuro de sus hijos.

El objetivo de este post no es atacar a nadie, sino denunciar a aquellos que menoscaban el trabajo comprometido y decidido en materia de educación de políticos, directivos, editores, inspectores, maestros, educadores y padres que no quieren ser cómplices de mantener en pie un sistema educativo viciado que aletarga a nuestra sociedad y amenaza el futuro de nuestros descendientes.

Aunque algunos se preguntarán, ¿por qué preocuparse por la educación de nuestros niños y jóvenes?

Si tú, lector, te haces esa pregunta, entonces tú también eres uno de ellos…

…¡¡¡Eres un indocente!!!

 “Desde la primera infancia, nos enseñan lo que nos dicen las autoridades, los padres, la mayoría, el cura… Primero a creer, y luego a razonar sobre lo que hemos creído. No; la libertad de pensamiento es justo al revés, es primero a razonar y luego creer en lo que nos ha parecido bien de lo que razonamos. Si usted no tiene libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor”.

Esta cita del escritor y economista José Luis Sampedro alerta de la facilidad que tiene nuestra sociedad para condicionar el pensamiento de unos seres que nos creemos libres, pero que, en muchas ocasiones, actuamos y decidimos bajo los efectos de intereses ajenos, en ocasiones políticos, otras veces, sociales y, casi siempre, económicos.

Esta es una reflexión que comparto habitualmente con mis hijos y con mis alumnos, a quienes animo a utilizar siempre el sentido crítico, expresando todas las dudas y objeciones que se les presenten para configurar una opinión ante un hecho determinado.

Para pensar y decidir libremente debemos educar la capacidad de aislar todos los elementos contaminantes que, subconscientemente, condicionan el pensamiento y la capacidad de decisión ante cualquier situación que se produce en el día a día. La posición de políticos, medios de comunicación o cualquier otro líder de opinión relevante favorece que paulatinamente la sociedad vaya tomando una posición ante dicha situación sin no siquiera realizar ningún análisis propio para elegir una posición propia y coherente con los valores de cada persona.

El mundo empresarial no es ajeno a esta manipulación encubierta. Muchos profesionales creen estar tomando libremente sus decisiones, pero en realidad, están influenciados por muchos factores que se activan a su alrededor.

El profesor y experto en administración de empresas, Jerry B. Harvey, en 1988 reflejó esta circunstancia en su libro “La Paradoja de Abilene y otras reflexiones sobre gestión”  una metáfora que explica el fenómeno de la toma de decisiones condicionada por el entorno.

Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia, compuesta por un matrimonio y los padres de la esposa, estaba jugando al dominó cómodamente a la sombra del porche de su vivienda.

En un momento dado, el suegro propuso realizar un viaje a Abilene, una ciudad del estado de Texas situada a 80 km:

  • La mujer respondió: “suena como una gran idea”, pese a tener reservas porque intuía que el viaje sería caluroso y largo. Pensó que sus preferencias no serían afines a las del resto del grupo y decidió callarlas.
  • Su marido dijo: “A mí me parece bien. Sólo espero que tu madre tenga ganas de ir”.

La suegra después expresó: “¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!”.?

En vista de que nadie se opuso a la idea del suegro, todos se pusieron en camino a Abilene. El viaje se hizo caluroso, polvoriento y muy largo.

Cuando llegaron fueron a una cafetería, aunque no tuvieron mucha suerte con la comida que eligieron, ya que no les gustó. Después de cuatro horas volvieron agotados.

Ya en casa, uno de ellos, con mala intención, dijo: “Fue un gran viaje, ¿no?”.

  • La suegra respondió que ella hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirles sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados.
  • El marido respondió: “No me sorprende. Sólo fui para satisfaceros”.
  • La mujer dijo: “Sólo fui para que os sintierais felices. Tendría que estar loca para desear salir de casa con el calor que hace”.
  • El suegro después explicó que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.

El grupo se quedó perplejo por haber decidido hacer juntos un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Todos hubieran preferido estar sentados cómodamente, pero no lo admitieron cuando todavía tenían tiempo para disfrutar de la tarde.

La toma de decisiones en grupo implica la participación de varias personas que han de tomar decisiones de forma colectiva para alcanzar una solución en común para resolver un problema.

Las decisiones se toman en grupo cuando los problemas son demasiado grandes para tomar una decisión individual o porque involucra a varias de las áreas funcionales de la empresa

Generalmente, un proceso de toma de decisiones en el que participan varios individuos o expertos, cada uno de ellos aportando sus propios conocimientos, experiencia y creatividad, proporcionará una decisión de mayor calidad que aquella aportada por un único experto o decisor.

Pero también, el proceso va a encontrarse con divergencia de opiniones, distintas expectativas y metas en cada uno de los miembros, propuestas más audaces que creen obviar el riesgo por la protección del grupo, elevado consumo de tiempo en deliberaciones y personas que tratan de imponer su opinión sobre el resto.

Una decisión de grupo tiene que ser una decisión única. Por ello, la confrontación entre los objetivos de los diversos participantes hace que surjan las siguientes figuras:


El grupo debe saber resolver el conflicto a través de la negociación para poder tomar una decisión acertada que sea asumida por todos los miembros.

La paradoja de Abilene se da cuando los límites de una situación particular presionan a un grupo de personas para actuar de una forma que es opuesta a sus deseos individuales. El fenómeno ocurre cuando un grupo continúa con actividades desacertadas que ningún miembro de tal grupo quiere, porque ningún miembro está dispuesto a expresar objeciones.

Las teorías de la psicología cognitiva social sugieren que la especie humana suele sentirse desanimada para actuar en contra de la tendencia del resto del grupo. Existen ciertos frenos sociales que impiden a los individuos expresar abiertamente sus sentimientos o seguir sus inclinaciones. Los efectos son siempre devastadores, pues generan frustración, enfado e insatisfacción.


La anécdota, que sirve para ilustrar procesos erróneos de toma de decisiones, tanto en el ámbito personal como empresarial, es una forma de pensamiento de grupo, un fenómeno que ocurre cuando los individuos del grupo se orientan tanto a buscar la aprobación, que la norma del consenso vence a la evaluación realista de diferentes alternativas de actuación.

En esta situación, los puntos de vista diferentes se convierten en minoritarios o impopulares como resultado de las presiones de grupo.

Una técnica para prevenir este tipo de pensamiento gregario que conduce a una toma de decisiones poco satisfactorias es preguntarse: ¿Estamos yendo a Abilene?. De este modo se puede determinar si la decisión colectiva es legítimamente adoptada por los miembros del grupo o si es, solamente, el resultado influenciado por el pensamiento grupal.

En resumen, aun a riesgo de ser el único ser del universo que piense y actúe de forma diferente a los demás, tenemos que aprender a expresar nuestros deseos y opiniones sin miedo y tomar decisiones con asertividad.

Hace unos días leí una historia que me hizo reflexionar profundamente acerca de las decisiones que tomamos en momentos cruciales que determinan la vida de las personas.

Un maestro y su discípulo viajaban visitando diferentes lugares y conociendo personas que se traducían en nuevas experiencias de aprendizaje para el joven aprendiz.
En cierta ocasión llegaron a un lugar de apariencia muy pobre en el que vivía una familia compuesta por un matrimonio con sus cuatro hijos y la abuela materna. Todos ellos vestían con ropas rasgadas, viejas y sucias. Era un espacio hecho de madera y cartones, de apenas 10 metros cuadrados, en los que se acumulaba la mugre y la desidia.

La familia vivía en la miseria. Se alimentaban de la leche que les proporcionaba una vieja vaca de su propiedad. La leche sobrante la vendían o la cambiaban por otros alimentos en el pueblo más próximo. Y de este modo, conseguían sobrevivir.

Cuando se quedaron solos, el maestro le dijo a su discípulo que se llevara la vaca a un acantilado próximo y la tirara al vacío. El joven, atónito y asustado, obedeció a su maestro, a pesar de saber que la vaca era el único medio de subsistencia que tenía la familia. Empujó a la vaca y la vio morir.

Dos años más tarde, el viejo maestro y su joven discípulo regresaron al lugar. La chabola había desaparecido, y en su lugar, se alzaba una casa grande con un jardín enorme en los que crecían árboles, plantas y flores, que daban un colorido muy alegre al conjunto.

El discípulo pensó que, tras la muerte de la vaca, la familia habría abandonado el lugar. Le horrorizaba la idea de que su destino hubiera empeorado a partir de aquella trágica decisión. Pero al acercarse a la casa descubrió que las personas que allí habitaban eran las mismas, pero su situación económica y emocional era radicalmente distinta. Todos parecían muy felices.

Cuando el joven preguntó al padre (el dueño de la vaca) acerca de cómo se había producido ese cambio tan drástico, el señor le respondió que al principio sintieron desesperación y angustia al ver como desaparecía su único medio de subsistencia. Pero, al poco tiempo, se dieron cuenta de que tenían que desarrollar nuevas habilidades para resolver su problema.

Por eso, empezaron a sembrar en la parcela que rodeaba la casa. La cosecha fue buena y pudieron venderla obteniendo suficiente dinero para alimentarse, vestirse mejor y construirse una nueva vivienda.

La lección que recibió el joven discípulo de su maestro fue extraordinaria. La vaca era la cadena que atrapaba a la familia en su conformismo y les impedía crecer. Al liberarse de ella, desarrollaron todo su potencial interior sin fijarse ningún límite. Y el resultado fue extraordinario. Fueron más felices.

En ocasiones, nos enfrentamos a situaciones que nos producen miedo y angustia. Son situaciones que amenazan con alterar nuestra propia estabilidad, aquella que nos hace sentir cómodos en una especie de zona de confort, aunque en realidad, seamos esclavos de una vida pobre a la que nos hemos acostumbrado.

Nos creamos cadenas imaginarias cuando renunciamos a nuestros sueños, a desarrollar todo nuestro potencial interior, cuando no sabemos resolver nuestros problemas o, simplemente, cuando nos mostramos conformistas con nuestra mundana existencia. En estas ocasiones no somos conscientes de que modificando determinadas rutinas podríamos dar un giro apasionante a nuestro destino.

Librarse de la vaca significa vivir libre, con responsabilidad, pero sin miedos. Cumplir aquella vocación que siempre rondaba por nuestra cabeza, arriesgarse a emprender la empresa en la que siempre soñábamos trabajar, apostar por uno mismo, creer en que todo lo que nos proponemos puede alcanzarse y dar el paso que fije la huella que siempre quisimos dejar a nuestros descendientes.

En el momento en el que tomamos conciencia de que debemos arrojar nuestras vacas por el precipicio nuestra mente hace un click definitivo, iniciando un cambio de rumbo o modificando el actual para deshacerse de las frustraciones, temores, perezas y frenos que le impedían intentar algo nuevo o hacer de una forma mejorada algo que se estaba haciendo mal.

¿A qué estás esperando para hacer click?

Tira tus vacas por el precipicio y persigue tus sueños. Las mejores decisiones son las que te llevan desde el lugar en que no deberías estar al lugar al que siempre quisiste llegar.