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El viernes por la tarde, unos minutos antes de que cerraran los comercios de mi barrio, fui a por una barra de pan para la cena. Entré en un establecimiento que ha inaugurado hace unas pocas semanas con un formato mixto de panadería, repostería, cafetería y productos básicos de alimentación.

En el mostrador quedaban algunos productos de bollería. Se intuía que, a primera hora, el surtido debía ser amplio y sugerente. De repente, me vino a la mente la idea de sorprender a mi familia, a la mañana siguiente, con un desayuno diferente, pues aunque a todos nos gusta iniciar el día con croissants, napolitanas o ensaimadas, solemos hacerlo con fruta, cereales o tostadas.

Teníamos previsto madrugar, por lo que pregunté a la persona que atendía a qué hora abrían habitualmente. La respuesta fue contundente: “¿a qué hora te interesa que abra?”.

Una vez escuché a alguien comparar la vida con un rollo de papel higiénico, ya que avanza mucho más deprisa cuanto más nos acercamos al final. Me pareció una definición bastante más positiva que la de quienes piensan que la vida es, simplemente, una mierda.

Algo de razón tenía, porque cuando tenemos la sensación, que no la certeza, de que queda mucha vida por delante, tendemos a malgastarla. Y, sin embargo, cuando sabemos que queda poca, la apreciamos e intentamos exprimirla al máximo.

144 horas

El pasado verano, una campaña publicitaria de la Fundación de Ayuda contra la Dorogadicción (FAD) presentaba a un joven real, Pablo, que a sus 21 años, prefirió renunciar al tiempo que derrochaba haciendo botellón con sus amigos para aprovecharlo en algo más útil.

Durante tres meses, Pablo dedicó tres horas diarias de cuatro días a la semana para aprender surf en las playas de Cantabria. En 144 horas aprendió a levantarse de la tabla cada una de las cientos de veces que cayó, hizo amigos, mejoró su aspecto físico. Según los creadores de la campaña, ese es el tiempo que gastan un millón de jóvenes a beber alcohol en verano. El slogan de la campaña es una invitación a la reflexión: “el tiempo que le dedicas al alcohol se lo quitas a todo lo demás”.

Reza la vieja cita de Heráclito que “lo único inmutable es el cambio”. De hecho, este filósofo griego, natural de Éfeso, afirmaba que todo se transforma incesantemente en un proceso que va del nacimiento a la destrucción. Todo surge y se extingue, como el río que, aunque el cauce siempre es el mismo, el agua fluye constantemente. Por tal motivo, ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río.

Cambiar para adaptarse a nuevas situaciones es uno de los grandes retos del ser humano desde siempre. Cuando surge la frustración o fracasan las relaciones interpersonales muchos son los que invocan un esperanzador reto: “¡cambiaré!”. Pero la realidad es contundente, y la naturaleza del ser humano es cruel. Hace años que descubrí que las personas difícilmente cambian. Con el paso del tiempo te demuestran como son realmente.

Hace unos días, estudiando con mi hijo Javier, leímos juntos un relato popular africano, cuya moraleja viene a explicar esta situación.

Mientras me desplazaba cómodamente en el tren AVE hacia Madrid en la tarde del domingo 14 de octubre de 2012, un intrépido aventurero ascendía hacia la estratosfera para arriesgar su vida y completar el desafío más extremo al que se ha enfrentado nunca ningún ser humano: lanzarse al vacío desde más de 39.000 metros y superar la velocidad del sonido durante la caída (1.173 km./h.).

Felix Baumgartner ha hecho historia ante millones de personas que seguían atentamente su ascensión al espacio y, posteriormente, su arriesgada caída. En el tren, y tras la llegada a la estación, a mi paso hacia el hotel, me iba encontrando personas que seguían segundo a segundo la peripecia a través de sus teléfonos móviles y tablets. También ante los televisores de los bares que iba dejando atrás y en los monitores del hotel se agolpaban personas y trabajadores que miraban expectantes como se acercaba el momento del lanzamiento. Fue uno de esos momentos que, transcurrido mucho tiempo, siempre recuerdas dónde estabas y qué estabas haciendo.

Por momentos, imaginé qué supuso para la humanidad la retransmisión de la llegada del hombre a la Luna. Pero enseguida me percaté que el alcance de los dispositivos electrónicos actuales iban a propiciar una difusión a escala mundial inimaginable en 1969, año en el que Neil Amstrong dio “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad”, y curiosamente, año en el que nació Felix Baumgartner.

Un gran salto para el hombre y un gran salto para la Humanidad

Entre las citas de Pierre Corneille, poeta y dramaturgo francés del siglo XVII, hay una que evoco con frecuencia: “sin riesgo en la lucha, no hay gloria en la victoria”. El salto perseguía la gloria en forma de records, cuatro concretamente. Baumgartner pretendía alcanzar la máxima altura de un vuelo en globo tripulado (establecido en 34.668 m.), realizar la caída libre desde mayor altura, (31.332 metros hasta ese momento), ser el primer ser humano en romper la barrera del sonido sin apoyo mecánico y en caída libre (el máximo alcanzado era de 988 km./h.), y permanecer en caída libre durante más de 4 minutos y 36 segundos.

Los tres últimos records estaban, desde 1960, en posesión de Joseph (Joe) Kittinger, un aviador y oficial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, convertido en asesor y coordinador de Operaciones de vuelo y seguridad del proyecto “Red Bull Stratos”, el cual ha permitido a Felix Baumgartner alcanzar el sueño de lanzarse desde “el punto más alto del planeta” y a la comunidad científica obtener datos que, sin duda, serán de gran valor para sus investigaciones espaciales.

Lo consiguió. Además de batir todos los records de audiencia en los medios de comunicación de todo el mundo, fijó la nueva marca para los vuelos en globos tripulados en torno a 40.000 metros, realizó la caída libre desde mayor altura (39.044 m.) y superó la barrera del sonido el mismo día que se cumplían 65 años desde que Charles Elwood Yeager la atravesó con su avión experimental Bell X-1, concretamente el 14 de octubre de 1947.

El único record que no batió fue el de mayor tiempo de descenso en caída libre. Permaneció 4 minutos 19 segundos frente a los 4 minutos 39 segundos de Kittinger.

Mi teoría es que no batió este último record como muestra de respeto y admiración hacia su mentor, Joe Kittinger, quien se atrevió a realizar la proeza con menos medios y mucho más riesgo. Este detalle honra al aventurero austriaco y engrandece su persona.

Probablemente otros intrépidos aventureros superarán las gestas de Baumgartner y de Kittinger. Pero en nuestras retinas siempre quedará el momento en el que un hombre paralizó al mundo para alcanzar su sueño.

Espero que nuestros jóvenes interpreten el mensaje que se esconde entre las líneas de esta historia con final feliz: hay que fijarse objetivos ambiciosos, hay que planificar su consecución, deben ponerse los medios necesarios para alcanzarlos, hay que preparar meticulosamente cada detalle, esforzarse al máximo para superar cualquier reto, creer en uno mismo, y en el momento de la verdad, ponerle todo el valor necesario para enfrentarse a las situaciones más extremas.

Nadie regala nada. Sin riesgo no hay gloria y sin esfuerzo no hay recompensa.

El triunfo de la Selección Española en la Eurocopa ha desplegado un sinfín de titulares de admiración en los medios de comunicación de todo el mundo, así como numerosas muestras de afecto entre todos los aficionados al deporte rey.

España, la Roja, ha hecho historia, jugando al fútbol y ganando títulos. Pero lo más importante es que lo ha conseguido gracias a un grupo humano compuesto por excelentes profesionales y extraordinarias personas que, colectiva e individualmente, atesoran un conjunto de cualidades y valores en los que se quiere ver reflejado todo un país. Sin duda, se han convertido en el mejor referente para nuestros niños y jóvenes.

El periodista Alfonso Merlos ha publicado un artículo en la edición de hoy del diario La Razón, bajo el título 10 valores para hacer historia. En él resume las señas de identidad que han llevado a estos jóvenes a llegar a lo más alto en cada uno de los torneos en los que participan, además de ganarse el respeto de los rivales y el cariño de la afición.