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Nos hemos habituado a leer noticas relacionadas con el elevado nivel de desempleo, la congelación salarial de los funcionarios, el incremento de las retenciones en las nóminas de los trabajadores, la inminente reforma que endurecerá las condiciones del mercado laboral, la subida de casi todos los impuestos que pagamos, el encarecimiento de la energía… ¡Vivir es cada día más caro!

¿Cómo no va a hacer crash el consumo? ¿De dónde se creen que sale el dinero de las familias?

Samuel es un empresario que se dedica a la venta de muebles y artículos de decoración.

Al comienzo de la crisis observó que sus ventas se venían abajo. Cada vez visitaban menos clientes su establecimiento. En un principio, pensó que como todas las crisis anteriores, ésta pasaría en unos meses y todo volvería a la normalidad.

Pero, en contra de sus pronósticos, cada vez dedicaba más horas a su negocio y pasaba las noches en duermevela, repasando las cuentas de su negocio y los pagos que tenía pendientes. Pronto comenzó a encontrarse muy mal, física y anímicamente.

En una visita a su médico para buscar los motivos que provocaban sus trastornos de salud, Pedro sufrió un lapsus y dijo: Doctor, no vendo, mi negocio se hunde. ¿Qué puedo hacer?

El doctor, que conocía a Samuel desde hace algunos años, se dispuso a valorar su caso, es decir, a recoger la información necesaria para identificar el problema para poder emitir su diagnóstico.

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar el Centro de Tratamiento Automatizado (CTA) de Correos, situado en el polígono industrial de Vallecas. Es un Centro Logístico cuya superficie supera los 30.000 m2, y por el que diariamente pasan millones de cartas.

La visita me resultó fascinante y, a nivel personal me produjo, incluso, cierta sensación de melancolía, ya que por un momento mi mente se remontó a mi época estudiantil, en la que dedicaba las vacaciones de verano para generar algunos ahorros.

Durante el verano de 1987 me incorporé como cartero en la Oficina de Correos y Telégrafos de la ciudad oscense de Fraga. Al año siguiente repetí la experiencia.

Todavía resuena en mi cabeza la recomendación que el primer día de trabajo me hizo uno de los carteros encargados de instruirme. Tras señalarme con el dedo una montaña de cartas que había sobre una mesa, me dijo con cierta ironía: “¿Hueles algo?… No es carne ni pescado. Son sólo cartas. Lo que no puedas hacer hoy, déjalo para mañana, y si no para pasado. No se pudren.”

He recordado esta frase en muchas ocasiones, así como el pensamiento que inundó mi mente en aquel momento: “Hay personas que están esperando esas cartas. Imagino que les gustará recibirlas lo antes posible”.

No cabe duda de que nuestro enfoque vital y nuestras motivaciones dan o quitan altura a todo lo que hacemos.

Aquel verano tuve la oportunidad de formar parte de una de las profesiones con más siglos de historia, cuyos protagonistas han respondido, a lo largo del tiempo, al nombre de emisarios, mensajeros, correos y carteros.

Civilizaciones milenarias como la egipcia, la persa, la sumeria, la china, la griega o la romana ya organizaban sus propios sistemas de mensajería, que estaban compuestos por personas que recorrían grandes distancias a pie, a caballo o en carro para transportar mensajes de un lugar a otro, de una ciudad a otra, de una persona a otra.

It´s a wonderful life”. Es el título original, en inglés, de una de las obras maestras de Frank Capra y una de mis películas favoritas.

Estrenada en 1946, está considerada como una de las mejores películas de la historia, ocupando la undécima posición del ranking del American Film Institute, “AFI’s 100 Years… 100 Movies”.

Es la historia de George Bailey (James Stewart), un hombre que perseguía un sueño, pero que, por razones del destino, anteponía siempre las necesidades de los demás a las suyas propias, lo que poco a poco le iba alejando de las metas que se había propuesto alcanzar.

Varias escenas de la película dejan de manifiesto su actitud responsable y comprometida con su familia y con los habitantes de su pequeño pueblo, Bedford Falls. Siendo niño perdió la audición en uno de sus oídos por salvar a su hermano menor de morir ahogado. Años más tarde, la muerte de su padre obligó a George a hacerse cargo de la compañía de préstamos de la familia y enfrentarse al señor Potter, el empresario avaro y ambicioso que quería hacerse dueño de la población.