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Empieza un nuevo curso.

Para los más pequeños de la casa significa enfrentarse a su primer drama vital. Para los más mayores la oportunidad de volver a reencontrarse con los colegas y rememorar las aventuras estivales mientras, con cierto cosquilleo en el estómago, hacen sus cábalas para acertar el cuadro de profesores que harán su vida más complicada durante los próximos meses.

Lloros, ilusiones, historias, intriga y muchas expectativas inundan de nuevo los patios de colegios e institutos durante estos primeros días de septiembre, mes que marca el inicio de la aventura educativa para alumnos, profesores y familias.

La educación es un derecho fundamental que se recoge en el artículo 27 de la Constitución Española, en el que expresiones como derecho a la educación, libertad de enseñanza, pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales, enseñanza básica obligatoria y gratuita, refuerzan el valor que tiene educar para vertebrar una sociedad a través de cada uno de sus individuos. La educación es uno de los pilares básicos de una sociedad.

La educación es el mejor legado que puede obtener una persona. El bienestar individual y colectivo están estrechamente relacionados con la acción educativa, ya que favorece la comprensión de su propia realidad, edifica su personalidad, contribuye a desarrollar sus capacidades, y en consecuencia, conforma su propia identidad.

Etimológicamente la palabra educación proviene del latín educare, que significa dirigir o encaminar. Esta palabra está estrechamente relacionada con otras expresiones del latín, ducere, cuyo significado es guiar o conducir, y de docere, que significa, enseñar, y que es el origen de la expresión docencia.

La palabra docente designa a quien ejerce la enseñanza, aunque intrínsecamente, se asocia a otros cometidos que dan altura a la noble función de educar a otras personas, especialmente cuando se trata de niños y jóvenes. El docente guía, enseña el camino, lo crea si es necesario, anticipa el futuro de los alumnos y proyecta el plan que les llevará hasta allí, se obliga a actualizarse permanentemente, se auto motiva con su misión aunque tenga que ejercer en el peor de los entornos y con los medios más rudimentarios, se compromete a colaborar con los padres, principales responsables de la educación, en beneficio de sus hijos, busca en el interior de sus educandos para ayudarles a conducir hacia fuera (ex – ducere) todos sus talentos. Todos esto es lo que, en suma, hará que niños y jóvenes puedan realizarse y alcanzar la tan ansiada felicidad.

Qué valioso es para una comunidad tener buenos docentes. Y aun con todo, desde muchos ámbitos de nuestra sociedad se está infravalorando, e incluso, denostando el noble cometido del maestro. La consecuencia más directa es que, al final, recogeremos lo que durante años venimos sembrando.

La figura desafiante de los indocentes se erige con fuerza en un entorno cada vez más hostil para la educación comprometida y de calidad. La falta de profesionalidad e implicación, la desidia, los intereses económicos y políticos o el papel ultra protector de muchos progenitores respecto a sus hijos, son solo algunos de los numerosos factores que amenazan con convertir la enseñanza en una máquina de crear lo que yo lamo “zombies titulados”, es decir, individuos con valores muertos (o no cultivados) que son resucitados o adiestrados por “hechiceros indocentes” para que sirvan sus intereses, a modo de esclavos, mientras contagian al resto de sus congéneres.

Esta idea, aunque parece apocalíptica, se torna muy real cuando se analizan el comportamiento hedonista y los intereses materialistas de una parte de la sociedad que va ejerciendo una creciente y peligrosa influencia sobre las siguientes generaciones. En algunos programas telebasura, por ejemplo, tenemos un escaparate atroz de estos seres instruidos para vagar por la vida a cambio de vender sus miserias.

¿Quiénes son los indocentes?

Pero quienes son estos seres que han convertido la educación y la enseñanza en un pozo de miserias para muchas personas.

A los indocentes podemos encontrarlos disfrazados de:

  • Algunas de sus características que les distinguen de los auténticos son:
    • La llamada del trabajo y no la de la vocación es la que les hizo dedicar su tiempo a encerrarse en aulas con seres incómodos. La falta de motivación y compromiso es descarada en estos casos. La propiedad de una plaza en la función pública en algunos trabajadores del sector agrava esta realidad, pues se sienten en posesión de la verdad, la autoridad… y la plaza.
    • Demuestran escasa psicología con sus discípulos, estandarizando el trato distante con sus alumnos, sin distinguir cuáles pueden ser sus necesidades, problemas o métodos más adecuados para despertar su motivación y curiosidad por las materias. Además, no saben gestionar emociones ni expectativas, tanto de alumnos como de padres, con quienes nunca llegan a empatizar.
    • Ignoran las reglas sociológicas al no saber hacer crecer a la clase como grupo, identificando y potenciando todo el talento colectivo que atesoran. En ocasiones, el enfrentamiento y pugnas internas entre diversos miembros del claustro de profesores enrarece el ambiente e intensifica el clima de descoordinación, perjudicando a los destinatarios de su trabajo.
    • Son llaneros solitarios, que no hacen equipo con padres ni con otros profesores. Desde su atalaya observan al resto de la comunidad educativa con superioridad, desprecio y arrogancia.
    • Enfatizan lo negativo, diferenciando entre alumnos buenos y malos, marginando a éstos últimos y renunciando a buscar las causas que les lleva a colocarles esa deleznable etiqueta.
    • Son ineficaces e ineficientes. Su incapacidad para transmitir conocimientos (a veces por propio desconocimiento de la materia) provocan que el alumno esté perdido durante todo el curso y tenga la necesidad de complementar las supuestas clases con profesores particulares, ocasionando un gasto adicional a muchas familias, algunas de las cuales tienen serias dificultades económicas.
  • El mundo del libro impreso también tiene su parte de culpa, a pesar de contribuir con su misión a la difusión de la cultura y la enseñanza de todas las materias. Sus pecados son:
    • El negocio antes que la misión. Las necesidades empresariales se anteponen a la misión de editar, publicar y comercializar textos de calidad, impresos y en otros soportes tecnológicos, con el objetivo de socializar la cultura en las diferentes áreas del conocimiento y fomentar la educación crítica, creativa y responsable en la sociedad.
    • Coste elevado de los libros. La clientela cautiva asume un gasto muy elevado cada comienzo de curso, aunque, en este sentido, la culpa está repartida entre agentes institucionales, profesorado y editoriales. No se si de forma coordinada y/o intencionada o son simplemente casualidad algunas situaciones que se producen, como:
      • que cada año se actualicen libros de materias que, en realidad, no evolucionan en muchos años (por ejemplo: Religión, Matemáticas, Inglés…). Esta renovación permanente dificulta que los alumnos puedan heredar libros de texto de sus hermanos mayores e inhabilitan los bancos de intercambio de libros impulsados por las asociaciones de padres de los colegios.
      • que haya que comprar obligatoriamente libros que luego no se utilizan en todo el curso. Imagino que el profesor ya lo sabe de antemano. Entonces, ¿por qué lo pone en la lista? o ¿por qué el colegio exige que se compre?
      • cuando la Administración aplica políticas de gratuidad o subvención de libros, se editan cuadernillos de trabajo del alumno que deben comprarse obligatoriamente y que, casualmente, suponen a los padres un gasto similar al que venían soportando cuando no se aplicaban dichas políticas. Hecha la ley… se cobra de dos lados.
    • Transformación digi… ¿qué? En plena era de la comunicación y la tecnología y con una profunda preocupación por la protección del medio ambiente todos los agentes que participan en la cadena de suministro del sector editorial siguen manteniendo comportamientos de hace cuarenta años, produciendo y distribuyendo cada vez más libros, más papel, más árboles. Existen medios audiovisuales, dispositivos informáticos y técnicas docentes que reducen el impacto de la enseñanza sobre el medio ambiente y potencial el aprendizaje… ¿a quién le interesa seguir haciendo siempre lo mismo?¿ A los de siempre? La transformación digital de la educación es la solución.
  • Sistema educativo: Además de educadores y educandos, el sistema educativo español incluye otros agentes y autoridades que son directamente responsables de promover y garantizar una educación de calidad que alcance a todos. Son los legisladores, centros docentes, equipos directivos e inspectores educativos.  Aunque conocen el valor de su misión institucional y realizan su cometido profesionalmente, se ven sometidos, en muchas ocasiones, a los caprichos e intereses de terceros, lo que propicia que algunas piezas del sistema se adulteren e incluso, lleguen a corromperse. Simplemente algunos ejemplos para ilustrar esta denuncia:
    • Falta de acuerdo Gobierno y oposición para diseñar conjuntamente y aprobar una LEY o PACTO por la educación. Es incomprensible e inadmisible que en tantos años democracia la educación se vea afectada por los intereses políticos de los gobiernos de turno, tanto a nivel nacional como autonómico. Es tal el poder de adoctrinamiento de la enseñanza, que no de la educación, que la mayoría de los gobiernos quieren interferir para incrustar sus doctrinas en forma de materias escolares.
    • Reinos de Taifas. Las 17 autonomías españolas representan 17 sistemas educativos. Cada una, en su medida, exigen adaptar todo a sus intereses, fragmentando todo el potencial del sistema educativo y reduciéndolo a aspectos muy locales, generalmente. El resultado son alumnos expertos en su tierra, que a la postre corren el riesgo de convertirse en nacionalistas entusiastas. Suerte que muchos de ellos salen de sus fronteras regionales para ver el mundo y aprender a través de la convivencia con personas de otros lugares.
    • Infantilización del alumnado. Lejos de promover la madurez, el emprendimiento y la emancipación entre el alumnado, el sistema educativo, con los padres a la cabeza, se ha empeñado en tratar a los alumnos como si fueran niños. Exceso de protección, facilidades para aprobar, programas sin ningún tipo de evaluación de capacidades y aprovechamiento, e incluso, titulaciones que se obtienen con alguna asignatura suspensa dejan de manifiesto que se está bajando el listón de la superación y el esfuerzo personal. El “todo para ya y más fácil” se está imponiendo en la sociedad. Así, ¿quien se va a enfrentar a los retos más difíciles para alcanzar sus sueños? El despertar de la vida real será muy duro para muchos.

Un nuevo enfoque

Me pregunto por qué ocurre esto. La respuesta es clara y vehemente. Porque el alumno no está en el centro de estrategia educativa.

Son tantos los intereses de algunos de los jugadores del sector que el alumno se ha convertido en un mercado, del que hay que obtener el máximo beneficio y rentabilidad. Y esto es muy grave.

La educación es un medio para alcanzar un fin, individual y colectivo. Generalmente se asocia a la capacidad de encontrar trabajo o dedicarse a realizar la función profesional deseada. Pero también es el vehículo para hacer aflorar generaciones de personas con conocimientos prácticos, competencias reales, capacidad crítica, creativas, habituadas a relacionarse interpersonalmente, trabajando en equipo, sabiendo sacrificarse por uno mismo y por su entorno, estableciendo metas individuales y colectivas, además de mejorar continuamente como personas y seres sociales.

El sistema educativo tiene que ser, obligatoriamente, coherente. Para ello, debe nacer del consenso de todas las partes implicadas y debe adquirir un valor auténtico para todo el conjunto de la sociedad. Si queremos tener los mejores alumnos, necesitamos contar con los mejores profesores, los pedagogos más innovadores, los centros educativos más preparados, la Universidad más avanzada, los gobernantes más generosos y con mayor apertura mental. Además, tenemos que estimular en los alumnos el pensamiento racional y creativo simultáneamente, transmitir el gusto por el conocimiento, enseñar a trabajar en el aula sin papel a través de las nuevas tecnologías, implementar sistemas de evaluación personalizados que tengan el cuenta el perfil de cada alumno y su potencial talento, educar en el respeto y la igualdad, enseñar a tomar decisiones y animar a investigar lo desconocido, sin miedo, con anhelo de curiosidad.

Los efectos positivos se vislumbrarán en las futuras promociones de alumnos y se trasladarán progresivamente a los puestos de trabajo (cuando trabajen), a las familias y grupos de amigos (cuando se relaciones entre sí), a las instituciones (cuando se dediquen a la política), a las relaciones con otros pueblos (cuando se desplacen por el mundo). El sistema, por fin, desarrollará personas, unas con más éxito en el logro de sus objetivos y otras con menos, pero todas con mayor capacidad para ser libres, fijarse retos y ser más felices.

En una sociedad global, tecnológica, interconectada y multicultural no tiene sentido seguir haciendo prácticamente los mismo generación tras generación. Ha llegado el momento de sentarse y que nuestros dirigentes alumbren un Plan Estratégico para nuestro país, en el que identifiquemos cuales deben de ser nuestras fortalezas para tener una ventaja competitiva en el entorno internacional, concretar cuales son nuestros objetivos y a qué vamos a dedicar toda nuestra capacidad productiva como nación. De ahí nacerán las demandas de empleo, perfil de puestos de trabajo que necesitan cubrirse, el mapa productivo español para potenciar toda nuestra geográfica nacional y a todos nuestros habitantes. De ahí surgirán los planes de estudios que deben cursarse en nuestro país para dar respuesta a los objetivos que nos hayamos propuesto, y el número de plazas que deben habilitarse para cada plan de estudios.

Pero claro, si todo esto cambiara, algunos mal llamados políticos y otras esferas institucionales no tendrían armas de manipulación de la sociedad, algunas editoriales no ganarían dinero año tras año reeditando los mismos libros con diferente apariencia, algunos profesores verían peligrar su puesto de trabajo por no saber adaptarse a una educación más vocacional, comprometida y exigente y muchos padres descubrirían que los principales responsables de las educación de sus hijos son ellos mismos, así como de exigir que cada vez haya menos “indocentes” comprometiendo (y jodiendo) el futuro de sus hijos.

El objetivo de este post no es atacar a nadie, sino denunciar a aquellos que menoscaban el trabajo comprometido y decidido en materia de educación de políticos, directivos, editores, inspectores, maestros, educadores y padres que no quieren ser cómplices de mantener en pie un sistema educativo viciado que aletarga a nuestra sociedad y amenaza el futuro de nuestros descendientes.

Aunque algunos se preguntarán, ¿por qué preocuparse por la educación de nuestros niños y jóvenes?

Si tú, lector, te haces esa pregunta, entonces tú también eres uno de ellos…

…¡¡¡Eres un indocente!!!

El artículo “En el nombre del marketing”, en el que analicé la interesante estrategia de marketing que la Iglesia Católica ha desarrollado desde hace más de 2.000 años, concluía acerca de la necesidad de renovar un “modelo de negocio” que está quedando obsoleto y que evoluciona a un ritmo más lento que el resto de la sociedad. La Iglesia católica tiene la imperiosa necesidad de reinventarse para adaptarse a los nuevos tiempos.

La reciente elección de un jesuíta como sucesor de Benedicto XVI puede ser el primer paso para acometer ese urgente proceso renovador.

Desde el nombramiento del Papa Francisco, del que estos días se ha cumplido un mes, se suceden las muestras de admiración por el estilo rebelde con el que el cardenal Jorge Mario Bergoglio ha asumido sus nuevas funciones al frente de la Iglesia católica. Son gestos sencillos, pero de enorme calado social, que anticipan su firme voluntad de reformar la institución y restablecer el vínculo con la sociedad, que se había ido deteriorando con el paso del tiempo como consecuencia de la rigidez y el anquilosamiento de la jerarquía eclesiástica.

El día que se cumplía un mes de pontificado, los prestigiosos diarios El País y El Mundo se referían a este hecho con titulares contundentes: “El Papa Francisco inicia su revolución” y “Las revoluciones de Francisco”, respectivamente.

La elección del nombre, asociada a San Francisco de Asís, santo de los pobres; la sencilla sotana blanca con la que se dirigió al mundo; renunciar a las comodidades del apartamento pontificio; lavar los pies el día de Jueves Santo a doce jóvenes reclusos, dos de ellos musulmanes; una comunicación clara y directa con la gente; el respeto a miembros de otras religiones y ateos; así como el nombramiento de un consejo formado por ocho cardenales de los cinco continentes para que le ayude a gobernar y a reformar la Curia Romana, denotan los principales rasgos que conforman su estilo de liderazgo: determinación, innovación, naturalidad, sencillez, austeridad, proximidad, trabajo en equipo y humildad.
Algunos bautizan este tipo de actitudes con la expresión “romper el protocolo”. Yo prefiero denominarlo “predicar con el ejemplo”.

Nos hemos habituado a leer noticas relacionadas con el elevado nivel de desempleo, la congelación salarial de los funcionarios, el incremento de las retenciones en las nóminas de los trabajadores, la inminente reforma que endurecerá las condiciones del mercado laboral, la subida de casi todos los impuestos que pagamos, el encarecimiento de la energía… ¡Vivir es cada día más caro!

¿Cómo no va a hacer crash el consumo? ¿De dónde se creen que sale el dinero de las familias?