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El ser humano siempre ha necesitado tener en el centro de su pensamiento una referencia superior que proporcione sentido a su existencia, además de guiar sus pasos hacia el futuro dando sentido a la incertidumbre.

Primero fue la naturaleza (cosmocentrismo), en la Edad Media, Dios pasó a ocupar el centro del Universo (teocentrismo) y en el Renacimiento, el ser humano se convirtió en el eje sobre el que giraba todo (antropocentrismo). Ya en el siglo XIX, tras la revolución industrial y con la llegada del capitalismo moderno, auspiciado por las ideas de Adam Smith, el mercado es quien establece el orden económico y quien rige las leyes de los seres humanos (mercocentrismo), lo que sitúa las cosas o los bienes en el centro de su pensamiento, lo que favorece el consumismo de los mercados capitalistas.

En el siglo XXI, el ser humano ha colocado en el centro de la Creación a la tecnología. Los avances tecnológicos proporcionarán soluciones innovadoras a los problemas de siempre de la humanidad: superar enfermedades incurables, alargar la vida, sustituir los recursos naturales para subsistir o asegurar la continuidad de la especie en otros planetas. Para lograrlo hay que dotar de inteligencia a las máquinas o mejorar al ser humano a través de la tecnología, incluso integrando o fusionando a ambos (ciborg o posthumanos). Impresionante, ¿verdad?

De ahora en adelante, todas las respuestas las vamos a buscar en soluciones tecnológicas. De ahí, el desarrollo de ciencias como la biotecnología, la nanotecnología, la infotecnología, la cognotenología o la nanomedicina.

La tecnología está propiciando un proceso de digitalización equivalente a lo que supuso en su día la invención de la electricidad para la industria, el transporte, las telecomunicaciones y la vida doméstica.

Los avances tecnológicos en las últimas décadas han marcado la velocidad de desarrollo de nuestra sociedad. El ser humano sigue pisando a fondo el acelerador de la evolución.

Hace 50 años nació internet. Lo hizo con el nombre de ARPANET, que conectaba a cuatro universidades americanas con el objetivo de mantener las comunicaciones en caso de guerra ante la situación de incertidumbre y temor del momento.

En 1983  (año en que oficialmente “nació Internet”) el Departamento de Defensa de los Estados Unidos decidió usar el protocolo TCP/IP en su red Arpanet creando así la red Arpa Internet. Con el paso de los años se quedó con el nombre de únicamente “Internet”.

En este tiempo se envió el primer mail (1971), se lanzó la primera web (1993), surgieron las primeras tiendas online (eBay), nació el buscador Google (1998), la Wikipedia (2001), la primera red social, Facebook (2004), el primer iPhone (2007) o whatsapp (2015)

En 1999 se alcanzó el primer millón de usuarios. Hoy hay más de 3.400 millones.

Al final de 1969 había 13 dispositivos conectados. Hoy hay más de 31.000 millones de dispositivos conectados.

No cabe duda de que internet ha revolucionado la forma de relacionarse y comunicarse de todos los seres humanos, ganando en estos cincuenta años en calidad y velocidad.

Y también ha favorecido que las empresas sean más productivas, más competitivas y tengan mayores oportunidades de progreso.

Internet ha dado origen a lo que denominamos Economía digital, formada por los procesos económicos, transacciones, interacciones y actividades basadas en tecnologías digitales.

Como un paso más en la evolución de las redes de telecomunicaciones, acaba de lanzarse la gran solución para la telefonía del futuro, la quinta generación de redes de telecomunicaciones: el 5G. Aunque esta tecnología se implantará progresivamente, multiplica por 10 la velocidad del 4G, y permite multiplicar por 100 el número de dispositivos conectados a una red. Esto significará un gran impulso para IoT (Internet de las Cosas) y con ello el avance de las smart cities, la cirugía a distancia, la conectividad masiva de coches autónomos, la posibilidad de desarrollar videojuegos en realidad virtual y aumentada, realizar telecomunicaciones holográficas y el impulso de otras actividades que tendrán alto impacto en la industria, en la economía y en nuestras vidas.

Es fascinante, ¿verdad?

Hasta hace muy poco tiempo, reparar un aparato que se averiaba era sinónimo de falta de capacidad económica para adquirir un producto nuevo y de mejor calidad que sustituyera al anterior.

La bonanza económica sumergió a nuestra sociedad (¿civilizada?) en un torbellino de capricho y despilfarro sin precedentes, alentado por un afán de obtener crecimiento económico sin límites, convirtiéndola en el mayor productor de residuos del mundo y en una poderosa amenaza para la sostenibilidad del medio ambiente.

Nada ha ocurrido por casualidad. El documental “Comprar Tirar Comprar. La historia secreta de la Obsolescencia Programada”, denuncia que detrás de esta evolución perniciosa de los habitantes de los países desarrollados está la mano oscura de grandes productores industriales. Han limitado la vida de los productos que fabrican para obligar al consumidor a realizar compras frecuentes y repetidas para mantener activo el ritmo de constante crecimiento de nuestra economía.

La obsolescencia programada es la planificación del fin de la vida útil de productos y servicios. Es la intrahistoria de nuestro modelo capitalista y el motor secreto de nuestra sociedad de consumo.

En nuestra vida cotidiana anhelamos poseer productos, vivir la experiencia de estrenar, de renovar, de cambiar los productos que tenemos por otros nuevos. Cualquier excusa es suficiente para tomar la decisión de comprar. A veces, compramos incluso muchas cosas que ni siquiera necesitamos.